07 octubre 2011

AHORRANDO FATIGAS... CUESTION DE ORDEN...

Escribe: p. Arnaldo Alvarado

En una ocasión un regimiento de soldados presidido por su general entrenaba estrategias de guerra. Todo estaba a punto, sólo quedaba resaltar que en las acciones bélicas el factor tiempo es de suma importancia. Pero no sólo esto, sino también el modo de proceder. Para esto hace falta seguir estrictamente las directrices previstas antes de entrar en combate, recalcaba el jefe. Por esta razón el general se dirigió a un soldado y le dijo: soldado ¿qué es el orden? Éste respondió inmediatamente «es hacer primero lo primero, segundo lo segundo y tercero lo tercero, señor». Aquel general estuvo satisfecho del entrenamiento, puesto que, su ejército había entendido una cuestión importante para la victoria: el orden.
El orden es una virtud humana. Adquirirla significa ganar en personalidad y aprovechar las cualidades, el tiempo, usar adecuadamente las cosas. En definitiva, el orden es imprescindible en la vida ordinaria. Nosotros como seres vivientes estamos en constante actividad, de lo contrario estaríamos enfermos o muertos y para ello necesitamos jerarquizar nuestra vida. En este sentido desarrollamos nuestras cualidades, crecemos personalmente y también en relación con los demás.
La Biblia nos habla del orden. Nos dice que antes de la creación todo era un caos. Sólo viene el orden y la armonía cuando Dios interviene en la creación. El mal uso de la libertad desemboca en el pecado y eso pasó a nuestros primeros padres que después del pecado original también vuelve a ser un caos, una confusión. El pecado es desorden en el amor. Por esta razón Cristo instaura un nuevo orden entre la criatura y su creador, entre los hombres con los demás. San Pablo, el apóstol de las gentes, escribe en la carta a los Romanos «en la actividad no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes» (Rom, 9, 10-12). La sagrada escritura recuerda que en nuestras acciones debemos proceder con diligencia y con mucha dedicación. De lo contrario seremos descuidados, abandonados. Una persona, una calle, un pueblo abandonado causa desagrado. Pero lo propio nuestro es la diligencia, que es una palabra que viene del latín diligo y significa apreciar, considerar, amar. Precisamente una persona diligente es aquella que presta mucha atención en lo que hace.
Muchos problemas sociales se resolverían poniendo un orden personal, que también llamamos disciplina. Pero ¿cómo puede ser ese orden? Fundamentalmente se trata de jerarquizar, es decir, primero tenemos a Dios; luego a los demás, la familia, el trabajo bien hecho, la solidaridad, la caridad, la generosidad y en tercer lugar yo mismo. De tal manera que si invertimos esta jerarquía viene el abandono a lo que nos gusta, hacer sólo lo fácil, descuidar mis deberes, etc. Porque pienso que en la vida sólo existo yo y mis problemas. Si los hijos pensáramos más en los papás y los papás en los hijos nos ahorraríamos muchas fatigas.
Con lo cual conseguir la virtud del orden a nivel personal y social ayuda a crecer de modo armónico. Significa hacer lo que tenemos que hacer según la jerarquía de valores y cumplir nuestras responsabilidades. Es un error abandonarse a las ganas y sentimientos, esto crea desorden y descuido en la vida. Además con este estilo de vida desordenada nunca encontramos tiempo para nada.

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